El sexo en la antigüedad

El sexo en la antigüedad

¿Te has preguntado como era el sexo en la antigüedad? A pesar de que es algo natural como la propia vida, la sexualidad humana siempre se ha visto entre la espada y la pared, moviéndose entre la libertad del individuo y la represión social.  El deseo es una fuerza indomable, y el ser humano ha pasado gran parte de su historia intentando controlar su impulso creando tabúes y prejuicios, provocando miedo, vergüenza o dudas. De esta forma, lo que se ha logrado es que, en lugar de disfrutar de una sexualidad sana, el sexo se vea envuelto en un disfraz de hipocresía.

Al final resulta que muchos de quienes se dedican a señalar a aquellos que aman libremente, en su casa dan rienda suelta a las fantasías más kinky. O a encerrar bajo llave todos sus instintos, con los numerosos desequilibrios emocionales que ello conlleva.

El sexo en la antigüedad: la prehistoria

Pero no siempre ha sido así. ¿Cómo era el sexo de nuestros más lejanos antepasados? Pues según estudios antropólogos, el sexo en la antigüedad era igual que el que practicamos ahora, pero sin los prejuicios que nos hemos echado encima. Los primeros homo sapiens conocían las vertientes del sexo. La reproductiva está documentada con la ilustración de algunas escenas del parto, o del proceso de dilatación de la vulva y la vagina. Y por supuesto, la no reproductiva, enfocada al disfrute físico y al placer erótico. La prueba de esto son los diversos juguetes sexuales que se han encontrado en algunos yacimientos. Así pues, hace 40.000 años el sexo se vivía con una naturalidad y una tolerancia que no hemos vuelto a recuperar.

Parece que, con la llegada del cristianismo, todo se torció de manera irremediable. Más que por la religión en sí, fue a causa de la doble moral que siempre ostentó la iglesia católica. Se han dedicado durante siglos a promulgar mensajes de mal entendida rectitud moral, quemando en hogueras a los libertinos y a las adúlteras. Mientras tanto, las alcobas de los grandes señores de la iglesia eran escenario de todo tipo de perversiones.

La influencia de las cortesanas inglesas

Pero a pesar de todas las imposiciones puritanas, el sexo y la pasión son fuerzas incontrolables. En el siglo XVII europeo se vivió una especie de revolución sexual de mano de las cortesanas de la Inglaterra Gregoriana. Estas mujeres llegaron a ser unas verdaderas influencers de su época. Conseguían marcar tendencia y podían provocar el auge o la caída de servicios, negocios o productos.

Las mujeres querían imitarlas y los varones con posibilidades económicas, trataban de conseguir sus favores. Si hoy nos quejamos de la prensa rosa, la de la época era aún más directa y brutal. No se cortaban un pelo y describían sin censura y con todo lujo de detalles los escándalos sexuales de las clases altas.

Lo más curioso es que en el siglo XVIII, tal vez gracias la normalización a través de estas publicaciones picantes, la sociedad tenía menos reparos en aceptar el sexo con naturalidad.  La situación financiera de muchas familias obligaba a muchas mujeres a prostituirse en algún momento de su vida. Existían distintos tipos de negocio donde se podían adquirir sus servicios, como restaurantes, bares o casas de citas. Eran populares las Jelly House, donde era costumbre servir gelatinas de fruta antes de retirarse a una zona privada y pasar a la acción. Por aquellas fechas estaban convencidos de que la gelatina y la sopa de coliflor eran alimentos con virtudes afrodísiacas.

El sexo en la antigüedad no era tan diferente tampoco en cuanto a enfermedades de transmisión sexual. Estaban al corriente de su existencia aunque se tendía a responsabilizar a las mujeres de los contagios. La sífilis era la infección que más se propagaba, al estar tan extendidos los servicios de las prostitutas. Se habían inventado ya los preservativos, muy similares a los de ahora, pero de origen animal.

Cuernos consentidos

El adulterio llegó a ser incluso una moda, algo totalmente normalizado y practicado por las mujeres de clase alta. A esta práctica se le llamaba chischiveo y contaba con total aprobación social. Las mujeres casadas de alta alcurnia podían tener una serie de pretendientes jóvenes, conocidos como “meritorios”. Efectivamente, hacían muchos méritos para ser el favorito, y las visitaban con agasajos, para colmarlas de halagos y conversación. La mujer finalmente escogía a uno que sería su chischiveo, su amante y su amor platónico. En realidad ambas partes sabían que lo que el joven buscaba era mejorar su prestigio y su posición social. Y ella, pasar un buen rato y sentirse deseada. Todo lo demás, la galantería y el amor era algo ornamental.

Esto no duró mucho y llegó un momento en el que los cuernos empezaron a llevarse con menos dignidad. Y se fue instaurando una mentalidad más puritana, que llegó a tener consecuencias por la fuerza de su represión.

Los primeros vibradores

Una de las dolencias más comunes en la época victoriana era la histeria femenina. Una enfermedad que hoy podríamos identificar con la ansiedad. Se curaba con masajes en el clítoris practicados por un doctor.  El placer femenino era ignorado en aquella época, por lo que las consultas de los doctores se llenaron de mujeres que esperaban su masaje curativo. Así pues, para tal fin, se inventaron los primeros vibradores. 

Por aquel entonces, la electricidad estaba llegando a las vidas de estas gentes. Esto permitió fabricar unos juguetes sexuales totalmente revolucionarios. Aún así, la virginidad y la abstinencia sexual eran los valores que se predicaban de puertas para afuera. Por lo que todos estos aparatos para el placer, se vendían bajo pretextos médicos. 

Este es solo un fragmento histórico de cómo se vivió el sexo en la antigüedad. Las sociedad va avanzando y retrocediendo en cuanto a apertura mental. Pero sean cuales sean las normas morales del momento, lo que nunca cambia es la fuerza del deseo sexual.

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